Cuenta la leyenda que en un pueblo recóndito de un país muy lejano, vivía Tahíra, una mujer un tanto envidiosa
que no sabía lo que quería hasta que su vecina lo tenía. 




La joven vecina, Técula, era dulce y alegre y además de ignorar a Tahíra, dedicaba su tiempo a pasarlo bien.
Técula no era nada ostentosa, al contrario, sabía que su estatus no le dejaba mucho margen para lujos. 
 



En cambio, Tahíra, una mujer de un nivel social algo más alto, le gustaba presumir y prodigar a los
cuatro vientos de los lujos que gozaba. Un día, la joven vecina decidió que había que iluminar un poco
su casa. Hacía tiempo que lo necesitaba y, por dejadez, lo había ido posponiendo. Hablando una mañana
con Tahíra, le comentó su idea: “unas lámparas, harán de mi casa un nuevo hogar” - decía la joven. 




Aprovechando que Halloween estaba cerca, Técula decidió una decoración que también se ajustase a esta
festividad. Tahíra, al enterarse, fue corriendo a la tienda más cara del pueblo y le dijo al dueño que quería la
decoración más “terrorífica” que tuviera. ¡Quería que su casa fuera la más monstruosa del mundo! Mientras
tanto Técula, dedicó su tiempo a imaginarse cómo unas lámparas harían de su casa algo diferente y con su
sello personal.



Además, imaginaba la iluminación y la colocación de éstas, con el afán de convertir allí donde habitaba,
en un nido de vampiros, zombis y calaveras, por una noche. Se fue a su tienda favorita, una un poco
más alejada del pueblo que contaba con una gran variedad de marcas y estilos y en los que
confiaba ciegamente.

Tres lámparas en forma de Lágrima con cambio lento de colores, intensidad y tono. Una con gancho
para el jardín y las otras dos para el pasillo. También escogió una única lámpara de Huevo grande de
sobremesa de las mismas características que las anteriores y la colocó en su porche.



En la noche de Halloween, cuando Técula encendió sus lámparas, convirtió su hogar en una casa no menos terrorífica
que la de Tahíra. Lo que Tahíra no sabía, es que pasado Halloween, Técula retiraría toda la
decoración de ese día, dejando las preciosas lámparas que había comprado, dispuestas de manera diferente y
ajustando la iluminación para hacer de su casa, un hogar bonito y cómodo donde vivir felizmente.



Así fue como Tahíra aprendió que la envidia no es una buena amiga y que el dinero es útil si lo empleas bien...
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